Por:
Julio González
Un Viandante
No hay lugar en la República Dominicana donde la fractura social sea más evidente que en la línea de pare de un semáforo. De un lado, el ciudadano en su vehículo, con el aire acondicionado a tope y el cristal arriba, tratando de aislarse de la hostilidad exterior. Del otro, la "fiera motorizada”: el motoconchista que ve en cada espacio de diez centímetros entre parachoques una oportunidad para avanzar.
Lo que ocurre ahí no es solo un problema de tránsito; es un choque de civilizaciones en miniatura que se repite mil veces al día.
Para la clase media y alta, el motorista ya no es un prestador de servicios; es una amenaza impredecible. El temor no es solo al rayón en la pintura o al espejo retrovisor colgante, sino a la reacción que le sigue. Si usted tiene un altercado con un motoconchista, no está discutiendo con un individuo; está enfrentando al "enjambre”.
En cuestión de segundos, lo que era un roce insignificante se convierte en un asiento. Aparecen de la nada, se agrupan, rodean el vehículo y establecen su propia ley de facto. Es una solidaridad gremial nacida de la marginalidad, donde el "chofer del carro" siempre es el culpable por el simple hecho de representar —a ojos del motorista— al sistema que lo excluye.
El pánico de la clase media tiene una base real: la percepción de que el Estado ha capitulado. El ciudadano que paga marbete, revista (cuando existía), seguro de ley y altos impuestos por su vehículo, siente que ha sido dejado a su suerte.
La "fiera motorizada" lo sabe. Sabe
que el agente de tránsito, muchas veces, mirará hacia otro lado antes de
meterse en un lío con un grupo de motoconchistas. Esa impunidad de facto
ha empoderado al sector hasta un punto donde el respeto por la vía es
inexistente. Aceras, elevados, túneles y contra vías son territorios
conquistados por el manubrio, mientras el conductor del automóvil queda
atrapado en una burbuja de cristal que se siente cada vez más frágil.
Pero cuidado, la mirada desde el motor también es de resentimiento. El motoconchista ve en el "jeepetón" o en el sedán de lujo el símbolo de una sociedad que lo ignora a menos que sea para llevarle un paquete o para pedirle el voto. Esa agresividad en el manejo es, a menudo, una forma de reclamar un espacio en una ciudad que no fue diseñada para ellos, pero que hoy les pertenece por fuerza de número.
Mientras el gobierno sigue usando el "comodín electoral" y se niega a imponer el orden por miedo a la "masa rabiosa", la convivencia ciudadana se desintegra.
Hemos pasado del respeto mutuo a una tregua armada donde el más fuerte es el que tiene menos que perder.


Con lujos de detalles, realidad que se vive a diario en Rep. Dom
ResponderBorrarTú eres un galactico que ve desde los altos los que no vemos los de abajo. Felicidades eres un artista de la realidad expresada en palabras. Vueltas al globo.
ResponderBorrarExcelente radiografía de lo que se vive en las calles se República Dominicana
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