Por: Julio González / Un Viandante
Cada diciembre, el escenario se repite como un ritual sagrado: un polideportivo lleno, mesas con manteles de plástico, olor a cerdo asado y el Presidente de la República —no importa de qué partido sea— sonriendo junto a miles de hombres con chalecos numerados. Para el ojo desprevenido, es un gesto de "proximidad social". Para quienes analizamos la política desde la acera, es algo mucho más cínico: es el pago de un peaje político.
En los últimos 25 años, el motoconchista ha sido elevado a una categoría especial de ciudadano: el "intocable electoral”.
El costo de la "rabia"
Usted se preguntará: ¿Por qué un mandatario dedica tiempo a cenar con un sector que lidera las estadísticas de accidentes y violaciones de tránsito, en lugar de exigirles orden? La respuesta es sencilla: miedo.
El sistema político dominicano le teme a la "rabia" del motor. El motoconchista representa una masa electoral que no solo vota, sino que tiene capacidad de veto callejero. Un gobierno puede soportar una crítica en una editorial de un periódico, pero no puede soportar que diez mil motores bloqueen el Gran Santo Domingo durante tres horas. La cena navideña, los bonos de combustible y la entrega de cascos (que terminan en el codo o en la casa) son, en realidad, mecanismos de contención.
Cosificación: Eres un voto, no un ciudadano
Al invitar al motoconchista a una cena, pero negarle un sistema de seguridad social real, o al permitirle circular en vía contraria frente a un agente de la DIGESETT para no "calentar el brazo", el Estado lo está cosificando. No lo trata como un ciudadano sujeto a leyes, sino como un recurso electoral que hay que mantener "contento" pero fuera de la formalidad.
Dignificar a estos hombres implicaría transformarlos: exigirles licencias, seguros, educación vial rigurosa y, eventualmente, transicionar hacia medios de transporte más humanos y seguros. Pero eso cuesta votos. Y en la aritmética del poder dominicano, un voto vale más que una vida en la avenida.
El "eterno comodín" en la mesa
El presidente Abinader, siguiendo la escuela de sus antecesores, sabe que el motoconcho es el comunicador más efectivo del barrio. El motorista habla con el colmadero, con la doña que va al mercado y con el joven que va a la universidad. Ganarse su simpatía con una cena es comprar publicidad política en el corazón de la masa popular.
Mientras tanto, la clase media observa desde
sus carros con el cristal arriba, pagando los impuestos que financian los
hospitales donde irán a parar esos mismos motoristas tras el próximo choque. Es
un círculo vicioso donde el gobierno sirve la cena, el motorista pone el voto y
el ciudadano común paga la factura del caos.
¿Es esta la "justicia social" de la que hablan, o es simplemente la administración del desorden para mantenerse en la silla?


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