domingo, 26 de abril de 2026

Serie Del fragor a la plegaria: Del desarme psíquico a la desesperanza aprendida: El muro de la inacción Entrega 4

 

Por Julio González / Un Viandante

La serie que hemos recorrido —del fragor combativo de antaño a la plegaria ritualizada de hoy— encuentra su explicación más profunda en un concepto psicológico que ilumina la crisis actual: la desesperanza aprendida.

Si el “desarme psíquico” fue la estrategia que debilitó la conciencia crítica de la militancia, la desesperanza aprendida es el estado resultante que paraliza tanto a los individuos como al colectivo.

El ciclo de la pasividad

Como definió Martin Seligman, la desesperanza aprendida ocurre cuando un sujeto se convence de que, sin importar cuánto se esfuerce, no tiene control sobre los resultados de su entorno. En la política dominicana, este fenómeno se manifiesta de forma devastadora:

  • Naturalización de la sumisión: Los cuadros medios y bajos han interiorizado la idea de que el ascenso o el cambio real son improbables.
  • La crítica extinguida: Cuando la sumisión se vuelve la norma, la capacidad de cuestionar se apaga, y la obediencia ritual toma su lugar.
  • El espejo empañado: Una militancia que padece de desesperanza transmite esa misma resignación al pueblo, creando un ciclo donde la ciudadanía ya no reconoce su propia voz crítica en sus líderes.

Romper el muro: Recuperar las armas psíquicas

El desarme psíquico fue la llave que abrió la puerta a esta parálisis; la desesperanza aprendida es la sala donde la militancia se sienta hoy, convencida de que nada puede cambiar. Esta combinación constituye la claudicación más profunda: la renuncia a la convicción y a la esperanza transformadora.

Reconocerlo es el primer paso. Recuperar las armas psíquicas no significa volver a métodos del pasado, sino:

  • Rescatar la fuerza crítica: Volver a cuestionar lo establecido y rechazar los rituales que neutralizan el pensamiento.
  • Rehabilitar la combatividad política: Sustituir el sermón y la plegaria por la estrategia y la propuesta real.
  • Devolver la voz al pueblo: Dejar de ser un eco administrativo para volver a ser un motor de cambio.

 


domingo, 19 de abril de 2026

Serie Del fragor a la plegaria: El eco del viejo PRD en el PRM: Un ejército que marcha sin fuego Entrega 3


Por Julio González / Un Viandante

El “desarme psíquico” no es un episodio estático de nuestra historia; es una práctica viva que se hereda y se reproduce. Hoy, el Partido Revolucionario Moderno (PRM), como heredero directo de la tradición del viejo PRD, manifiesta los mismos síntomas de esta claudicación interna.

Lo que en el pasado fue dogma y represión, en la actualidad se ha disfrazado de modernización y disciplina burocrática. Sin embargo, bajo esa superficie de eficiencia administrativa, subyace la misma militancia desarmada, incapaz de confrontar o cuestionar el rumbo de su organización.

Un ejército sin voz

La herencia del PRD resuena en el PRM como un eco debilitador:

  • La consigna como plegaria: El fragor de la lucha política ha sido sustituido por un murmullo administrativo y ritual.
  • Desplazamiento del dirigente: Los cuadros políticos con visión estratégica siguen siendo desplazados por la figura del “predicador”, manteniendo el liderazgo en el ámbito del sermón y no de la transformación real.
  • La marcha silenciosa: El resultado es un ejército partidario que sigue marchando por inercia, pero que ha perdido el “fuego” y la voz crítica que alguna vez le dio legitimidad ante el pueblo.

El impacto en la ciudadanía

Este fenómeno no solo afecta las estructuras internas, sino que tiene un impacto devastador en la sociedad:

  • Pérdida de legitimidad: Un partido que entrega sus armas mentales y críticas se convierte en un cascarón ritual, incapaz de responder con firmeza a las demandas ciudadanas.
  • Erosión de la confianza: La ciudadanía percibe que los espacios que antes eran de propuesta y lucha se han transformado en templos de obediencia, lo que genera una profunda desorientación en quienes aún creen en el poder transformador de la política.

El eco del viejo PRD en el PRM demuestra que, sin un ejercicio de rescate de la dignidad crítica, la política corre el riesgo de convertirse en un simple ejercicio de gestión vacía, lejos de las aspiraciones del pueblo dominicano. Y es precisamente aquí donde el tránsito hacia la desesperanza aprendida se hace inevitable: cuando la militancia, desarmada en lo psíquico, transmite al pueblo la convicción de que nada puede cambiar.



 

domingo, 12 de abril de 2026

Del fragor a la plegaria: Entre homilías y rituales: El asalto de los "pseudos líderes" religiosos Entrega 2

 

Por Julio González / Un Viandante

En la entrega anterior, vimos cómo el “desarme psíquico” —esa renuncia a la conciencia crítica— no nació en 1994, sino que allí se reveló con crudeza. Lo que comenzó como un gesto de prudencia para evitar la violencia, terminó abriendo la puerta a un fenómeno aún más corrosivo: la ritualización de la política.

Los símbolos de la claudicación

El desarme no es solo una idea abstracta; se manifiesta en símbolos concretos que han moldeado la cultura partidaria actual:

  • La plegaria ritual: Lo que en su origen fue un bálsamo, pronto se transformó en rutina obligatoria. Hoy, cada reunión o acto político inicia con una invocación que, lejos de fortalecer, funciona como un sello de resignación. La militancia ha dejado de ser una voz crítica para convertirse en un coro obediente.
  • El sermón político: Los dirigentes formados en la estrategia y la confrontación de ideas han sido desplazados por predicadores que, bajo el manto de lo divino, ofrecen homilías en lugar de análisis. El discurso ha perdido su “filo” revolucionario para volverse una prédica de sumisión.
  • La liturgia partidaria: Los actos políticos se han transformado en ceremonias solemnes de oraciones y alabanzas. El partido ha dejado de ser un espacio de lucha para convertirse en un templo, y la política en una liturgia donde el fragor de la combatividad se apaga en la solemnidad de la plegaria.

El costo de la fe ciega

Este desplazamiento del liderazgo —de la estrategia al sermón— tiene consecuencias profundas. Cuando un partido sustituye la crítica interna por rituales, se convierte en un cascarón vacío. La militancia deja de ser un motor de cambio para transformarse en una feligresía obediente, incapaz de responder a las demandas reales del pueblo.

El verdadero peligro de esta claudicación simbólica es que neutraliza la capacidad de protesta y propuesta, convirtiendo la convicción política en una mera formalidad religiosa. Lo que en 1994 fue un gesto de prudencia se institucionalizó como hábito, y ese hábito terminó por desarmar la conciencia crítica, preparando el terreno para la desesperanza aprendida.


domingo, 5 de abril de 2026

Del fragor a la plegaria: ¿Cómo se desarma la mente de un militante? Entrega 1

Por Julio González / Un Viandante

Entre mis lecturas sobre cultura general en mis años mozos, encontré una frase que me persigue: “desarme psíquico”. Este concepto, magistralmente advertido por Pedro Andrés Pérez Cabral en su obra Comunidad mulata (El caso socio político de la República Dominicana), describe una estrategia silenciosa diseñada para transformar la militancia revolucionaria en una masa ritualizada.

Lo que en los años setenta y noventa se vivió como un debilitamiento progresivo de la conciencia crítica, hoy se reproduce con nuevas y sutiles formas en la política dominicana.

El abismo revelado: 1994

1994 no fue el inicio del desarme psíquico, sino su revelación más cruda. Lo que Comunidad Mulata había diagnosticado como pérdida de horizonte y erosión de la militancia revolucionaria se manifestó ese año como fractura institucional y electoral. El fragor de la contienda no inauguró la grieta: la amplificó. La conciencia colectiva ya había sido desarmada, y el escenario político solo puso en evidencia la magnitud del vacío.

Más que un “punto de quiebre”, 1994 debe leerse como abismo revelado: el espejo roto que reflejó la derrota interior de la militancia, la pedagogía de la desesperanza que se había instalado mucho antes. La crisis electoral fue apenas la superficie de un proceso más profundo, donde el desarme psíquico se convirtió en condición estructural de la vida política.

Este año, lejos de ser un episodio aislado, marca la intensificación de un desgaste que venía incubándose desde la década anterior. La militancia, privada de horizonte, se enfrentó a un escenario donde la lucha ya no era por la victoria, sino por sobrevivir en medio de la derrota interiorizada.

Así, 1994 se convierte en el símbolo del tránsito: del fragor de la contienda hacia la plegaria de la resignación. Y en ese tránsito, la serie encuentra su puente natural hacia la noción de Desesperanza aprendida, mostrando que la crisis no fue coyuntural, sino pedagógica, inscrita en la conciencia colectiva como lección amarga de derrota.

 

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