Por Julio González / Un Viandante
La serie que hemos recorrido —del fragor
combativo de antaño a la plegaria ritualizada de hoy— encuentra su explicación
más profunda en un concepto psicológico que ilumina la crisis actual: la
desesperanza aprendida.
Si el “desarme psíquico” fue la estrategia que
debilitó la conciencia crítica de la militancia, la desesperanza aprendida es
el estado resultante que paraliza tanto a los individuos como al colectivo.
El ciclo de
la pasividad
Como definió Martin Seligman, la desesperanza
aprendida ocurre cuando un sujeto se convence de que, sin importar cuánto se
esfuerce, no tiene control sobre los resultados de su entorno. En la política
dominicana, este fenómeno se manifiesta de forma devastadora:
- Naturalización de la sumisión: Los
cuadros medios y bajos han interiorizado la idea de que el ascenso o el
cambio real son improbables.
- La crítica extinguida:
Cuando la sumisión se vuelve la norma, la capacidad de cuestionar se
apaga, y la obediencia ritual toma su lugar.
- El espejo empañado: Una
militancia que padece de desesperanza transmite esa misma resignación al
pueblo, creando un ciclo donde la ciudadanía ya no reconoce su propia voz
crítica en sus líderes.
Romper el
muro: Recuperar las armas psíquicas
El desarme psíquico fue la llave que abrió la
puerta a esta parálisis; la desesperanza aprendida es la sala donde la
militancia se sienta hoy, convencida de que nada puede cambiar. Esta
combinación constituye la claudicación más profunda: la renuncia a la
convicción y a la esperanza transformadora.
Reconocerlo es el primer paso. Recuperar las
armas psíquicas no significa volver a métodos del pasado, sino:
- Rescatar la fuerza crítica:
Volver a cuestionar lo establecido y rechazar los rituales que neutralizan
el pensamiento.
- Rehabilitar la combatividad política: Sustituir el sermón y la plegaria por la estrategia y la propuesta
real.
- Devolver la voz al pueblo: Dejar
de ser un eco administrativo para volver a ser un motor de cambio.




