domingo, 22 de febrero de 2026

🛵 ¿Hay Salida o es el "Eterno Comodín"? (Conclusiones de una sociedad atrapada)

 

Por: Julio González / Un Viandante

Después de recorrer la evolución del motoconcho en estos últimos 25 años —desde su explosión como solución de transporte hasta su consolidación como fuerza de choque electoral—, queda una pregunta flotando en el humo del mofler: ¿Estamos condenados a este caos? La respuesta es tan compleja como un nudo de motores en la intersección de la Máximo Gómez con 27 de febrero.

El muro de la voluntad política

La solución al problema del motoconcho no es técnica, es política. Otros países han logrado formalizar el transporte en dos ruedas mediante registros biométricos estrictos, rutas alimentadoras organizadas y, sobre todo, la aplicación de la ley sin mirar colores partidarios.

Mientras en la República Dominicana el "voto del motorista" pesa más que el cumplimiento de la Ley 63-17, en otras latitudes la historia es distinta: 


  • Ruanda: Es el referente global. Han logrado una formalización total mediante el uso de chalecos numerados, cascos obligatorios para ambos ocupantes y el uso de taxímetros digitales que estandarizan el cobro.
  • Tailandia: En Bangkok, los mototaxis no son entes aislados, sino que operan desde paradas oficiales llamadas "Wins", con conductores identificados y tarifas fijas publicadas en carteles.
  • Brasil: Logró elevar el oficio a nivel profesional con la Ley Federal 12.009, exigiendo cursos de formación especializados y equipos de protección técnica (como las barras "mata-cachorro").

En nuestro país, sin embargo, el político de turno ve en el motoconchista a una "masa rabiosa" que debe ser aplacada con cenas y bonos, en lugar de ciudadanos que deben ser educados y regulados. El ciclo no se romperá porque el "eterno comodín" es demasiado útil para soltarlo.

La clase media: De la queja a la exigencia

La clase media y alta tiene su cuota de responsabilidad. No basta con quejarse de las "fieras motorizadas" detrás de un cristal. La solución estructural pasa por exigir, con la misma fuerza que se exige estabilidad económica, un sistema de transporte masivo digno.

El motoconcho existe porque el Estado cayó. Si el Metro, el Teleférico y los corredores de guaguas llegaran de manera eficiente a cada rincón —como sucede en los modelos de integración urbana de Indonesia o Perú—, el motoconcho dejaría de ser una necesidad vital para convertirse en lo que debería ser: un transporte complementario y organizado. La "fiera" solo se doma con institucionalidad, no con resentimiento.

Hacia una verdadera dignidad

Dignificar al motoconchista no es invitarlo a cenar una vez al año. Dignificarlo es sacarlo de la precariedad: 


  • Es otorgarle un seguro de salud real que no depende de un favor político.
  • Es exigirle el casco y el orden, porque su vida vale tanto como la de quien va en un vehículo de lujo.
  • Es transformarlo de "chiripero" en operador de transporte con derechos y deberes claros.

El veredicto final

Tras un cuarto de siglo, el equilibrio es precario. El motoconcho ha movido la economía de los de abajo, pero a un costo humano y social incalculable. Nos hemos convertido en una nación que camina (o corre) al ritmo del manubrio.

Si seguimos permitiendo que el transporte sea una moneda de cambio electoral, seguiremos atrapados en este enjambre de impunidad. La República Dominicana del futuro no se construye con elevados de concreto si debajo de ellos impera la ley de la selva. Es hora de decidir si queremos un país con orden o si seguiremos sentados a la mesa de esa "cena del miedo", esperando que el próximo choque no nos toque a nosotros.

"El cambio no empieza en el semáforo, empieza en la urna y en la exigencia ciudadana".

Nota al cierre:

https://www.elcaribe.com.do/panorama/pais/finjus-pide-declarar-de-emergencia-al-transito-y-los-motociclistas/



domingo, 15 de febrero de 2026

🛵 El poder fáctico de los motoristas en República Dominicana

 

Por Julio González / Un Viandante

En la vida urbana dominicana, los motoristas han dejado de ser simples actores de movilidad para convertirse en un fenómeno social y político de gran magnitud. Su presencia en las calles, su capacidad de improvisación y su fuerza numérica los han transformado en un poder fáctico que ningún gobierno logra encasillar ni controlar.

 Magnitud del fenómeno

Los motoristas representan un sistema paralelo de transporte, improvisado y caótico, que responde más a la urgencia del pueblo que a las normas oficiales. Su número creciente y su omnipresencia en las calles los convierten en protagonistas inevitables de la vida cotidiana.

Esta realidad se sustenta en cifras contundentes: las motocicletas representan el 57.1% del parque vehicular nacional, con más de 3.2 millones de unidades circulando, muchas veces en un vacío legal y operativo. Mientras este caos impera aquí, otros países han demostrado que la formalización es posible:

  • Ruanda: Ha logrado un control total mediante registros estrictos, el uso de chalecos numerados y taxímetros digitales para estandarizar el servicio.
  • Tailandia: En ciudades como Bangkok, los mototaxis operan desde paradas oficiales identificadas como "Wins", con tarifas fijas y conductores con licencias especiales.
  • Brasil: Reconoció el "mototaxismo" como profesión legal, exigiendo cursos de formación y equipamiento de seguridad obligatorio.

 Masa votante cosificada

Más allá de la movilidad, los motoristas son también una masa votante que los políticos no pueden ignorar. Su capacidad de presión y su visibilidad en cada esquina los convierten en un bloque social con un peso electoral decisivo. Esta "fuerza de choque" electoral suele ser la razón por la cual la aplicación de la Ley 63-17 se flexibiliza frente a ellos, priorizando el favor político sobre el orden público.

 Símbolo de informalidad y estadísticas

El motorista encarna la precariedad laboral y la capacidad de sobrevivir en un entorno adverso. Su figura es símbolo de la informalidad, pero también de la resiliencia popular. Sin embargo, esta resiliencia tiene un costo humano alarmante.

Las estadísticas del COE los incluyen como protagonistas en accidentes y emergencias. El reportaje de El Día destaca que el 70% de las muertes por accidentes de tránsito en el país involucran motocicletas. Cualquier intento de regulación, como el de los cascos certificados, suele chocar con la realidad social y cultural de la calle.

La urgencia del motorista

En las calles de Santo Domingo, la bocina de un motor ha terminado por convertirse en el verdadero sonido de la urgencia. Más estridente que la sirena institucional del 911, su eco cotidiano impone un ritmo propio a la ciudad, reclamando paso y atención con la autoridad de lo inmediato.

Mientras la sirena representa el orden y la respuesta organizada del Estado, la bocina del motorista encarna la improvisación popular, la necesidad que no espera protocolos. Es el lenguaje de la calle, un poder fáctico que desplaza símbolos oficiales y recuerda que la urgencia del pueblo se escucha más alto que cualquier sirena.

 Conclusión

El motorista es más que un individuo en dos ruedas: es un símbolo de ciudadanía, de improvisación y de poder popular. Su figura revela las tensiones entre institucionalidad y realidad social, entre orden y caos, entre protocolo y urgencia. En definitiva, los motoristas son un espejo de la cultura política dominicana, un poder fáctico que seguirá marcando el pulso de la ciudad mientras el Estado no decida transformar al "chiripero" en un operador de transporte con derechos y deberes claros.




domingo, 8 de febrero de 2026

🛵 La Tragedia de los Números (Cuando el "comodín" termina en el hospital)


 Por: Julio González

Un Viandante

En las entregas anteriores hemos hablado de votos, de clientelismo y del miedo en las calles. Pero hay una realidad que no se puede ocultar con un chaleco reflectante ni con un discurso de campaña: las estadísticas de los hospitales traumatológicos. Aquí es donde la "estrategia" política de dejar hacer y dejar pasar se convierte en una carnicería social.

La República Dominicana tiene el deshonroso mérito de encabezar las listas mundiales de muertes por accidentes de tránsito. Y en ese macabro ranking, el protagonista absoluto es el motorista.

El hospital como cementerio de juventud

Si usted quiere ver el costo real del motoconcho, no vaya a una cena navideña en un polideportivo; vaya a la emergencia del Hospital Dr. Ney Arias Lora o del Darío Contreras. Allí encontrará la verdadera cara de la informalidad: jóvenes de entre 18 y 35 años con extremidades destrozadas, traumas craneales y vidas que se apagan antes de empezar.

Para el Estado, es un negocio terriblemente malo. Se estima que el costo de atender a un paciente crítico por accidente de moto puede ascender a millones de pesos. Camas de cuidados intensivos, cirugías reconstructivas y prótesis que, en la mayoría de los casos, terminan siendo costeadas por el contribuyente. Es la ironía suprema: el gobierno no invierte en regular al sector para no "perder votos", pero termina gastando diez veces más en parchar los daños de su propia negligencia.

La discapacidad: El otro lado del "voto"

Por cada motorista que muere, hay cinco que quedan con discapacidades permanentes. Estos hombres, que en la retórica política son "héroes del día a día", pasan a ser una carga económica para sus familias y para el sistema de seguridad social.

¿De qué sirve la "facilidad" de comprar un motor chino con 5,000 pesos de inicial si el costo final es la invalidez? El clientelismo vende la ilusión de un empleo inmediato, pero oculta la letra pequeña: el trabajador es quien pone el cuerpo mientras el político pone la sonrisa.

El silencio de los gremios

Es curioso observar cómo las grandes federaciones de motoconchistas, tan rápidas para movilizarse cuando se intenta aplicar una ley de casco o de registro, guardan un silencio sepulcral ante la falta de seguridad social real para sus miembros.

La "protección" que el sindicato y el gobierno ofrecen es una protección para violar la ley, no para proteger la vida. Se les permite circular sin luces, sin cascos homologados y en condiciones mecánicas deplorables, todo bajo el manto de que "son pobres padres de familia". Pero la pobreza no debería ser una licencia para morir en el asfalto.

Un país desangrado

Al final, la "fiera motorizada" que tanto asusta a la clase media es también la principal víctima de este sistema. Un sistema que prefiere pagar la cuenta del hospital y la caja de muerto antes de asumir el costo político de imponer el orden. Mientras el "eterno comodín" siga siendo útil para ganar elecciones, las emergencias de los hospitales seguirán siendo el depósito de una generación que se desangra sobre dos ruedas.

 


domingo, 1 de febrero de 2026

🛵 El Enjambre contra el Cristal (El choque de clases en cada semáforo)

 

Por: Julio González

Un Viandante

No hay lugar en la República Dominicana donde la fractura social sea más evidente que en la línea de pare de un semáforo. De un lado, el ciudadano en su vehículo, con el aire acondicionado a tope y el cristal arriba, tratando de aislarse de la hostilidad exterior. Del otro, la "fiera motorizada”: el motoconchista que ve en cada espacio de diez centímetros entre parachoques una oportunidad para avanzar.

Lo que ocurre ahí no es solo un problema de tránsito; es un choque de civilizaciones en miniatura que se repite mil veces al día.

 El fenómeno del "enjambre"

Para la clase media y alta, el motorista ya no es un prestador de servicios; es una amenaza impredecible. El temor no es solo al rayón en la pintura o al espejo retrovisor colgante, sino a la reacción que le sigue. Si usted tiene un altercado con un motoconchista, no está discutiendo con un individuo; está enfrentando al "enjambre”.

En cuestión de segundos, lo que era un roce insignificante se convierte en un asiento. Aparecen de la nada, se agrupan, rodean el vehículo y establecen su propia ley de facto. Es una solidaridad gremial nacida de la marginalidad, donde el "chofer del carro" siempre es el culpable por el simple hecho de representar —a ojos del motorista— al sistema que lo excluye.

 La calle como territorio cedido

El pánico de la clase media tiene una base real: la percepción de que el Estado ha capitulado. El ciudadano que paga marbete, revista (cuando existía), seguro de ley y altos impuestos por su vehículo, siente que ha sido dejado a su suerte.

La "fiera motorizada" lo sabe. Sabe que el agente de tránsito, muchas veces, mirará hacia otro lado antes de meterse en un lío con un grupo de motoconchistas. Esa impunidad de facto ha empoderado al sector hasta un punto donde el respeto por la vía es inexistente. Aceras, elevados, túneles y contra vías son territorios conquistados por el manubrio, mientras el conductor del automóvil queda atrapado en una burbuja de cristal que se siente cada vez más frágil.

 El resentimiento de doble vía

Pero cuidado, la mirada desde el motor también es de resentimiento. El motoconchista ve en el "jeepetón" o en el sedán de lujo el símbolo de una sociedad que lo ignora a menos que sea para llevarle un paquete o para pedirle el voto. Esa agresividad en el manejo es, a menudo, una forma de reclamar un espacio en una ciudad que no fue diseñada para ellos, pero que hoy les pertenece por fuerza de número.

Mientras el gobierno sigue usando el "comodín electoral" y se niega a imponer el orden por miedo a la "masa rabiosa", la convivencia ciudadana se desintegra.

Hemos pasado del respeto mutuo a una tregua armada donde el más fuerte es el que tiene menos que perder.

 



📑Serie Síndromes del Poder: Procusto en la política interna, la falsa unidad y el desencanto perremeísta

  Por Julio González / Un Viandante “El síndrome de Procusto está haciendo olas en los litorales municipales y zonales perremeístas”. La ...