Por Julio
González / Un Viandante
Introducción
La historia
política dominicana no solo se escribe en las urnas y en las calles, sino
también en la conciencia de sus militantes. Esta serie, que presentaré en
cuatro entregas, Del fragor a la plegaria: crónica del desarme psíquico,
propone un recorrido por ese tránsito silencioso que transformó la combatividad
revolucionaria en ritual religioso, y la crítica en resignación.
El concepto
de “desarme psíquico”, advertido por Pedro Andrés Pérez Cabral en Comunidad
Mulata, sirve como hilo conductor para entender cómo la militancia pasó de
ser fuerza transformadora a convertirse en feligresía obediente. El año 1994,
más que un punto de quiebre, fue el abismo revelado: el momento en que la
fractura institucional expuso un vacío incubado en la conciencia colectiva.
Desde allí,
la política dominicana entró en un ciclo de ritualización y claudicación
simbólica, donde el sermón sustituyó a la estrategia y la plegaria reemplazó al
fragor. El eco del viejo PRD resonó en el PRM como un ejército que marcha sin
fuego, transmitiendo al pueblo la convicción de que nada puede cambiar.
El cierre
de este recorrido se encuentra en la noción de desesperanza aprendida,
definida por Martin Seligman: la convicción de que ningún esfuerzo altera el
resultado. En la política dominicana, esta pedagogía de la derrota se instaló
como hábito cultural, paralizando tanto a la militancia como a la ciudadanía.
Esta serie
no busca solo narrar un proceso, sino invitar a reconocerlo y a recuperar las
armas psíquicas de la crítica y la acción consciente. Porque si el fragor
desembocó en plegaria y la derrota se transformó en condición, aún queda la
posibilidad de despertar y devolverle al pueblo su voz crítica y
transformadora.








