Por Julio González / Un Viandante
En la vida urbana dominicana, los motoristas han dejado de ser simples actores de movilidad para convertirse en un fenómeno social y político de gran magnitud. Su presencia en las calles, su capacidad de improvisación y su fuerza numérica los han transformado en un poder fáctico que ningún gobierno logra encasillar ni controlar.
Los motoristas representan un sistema paralelo de
transporte, improvisado y caótico, que responde más a la urgencia del pueblo
que a las normas oficiales. Su número creciente y su omnipresencia en las
calles los convierten en protagonistas inevitables de la vida cotidiana.
Esta realidad se sustenta en cifras contundentes: las motocicletas representan el 57.1% del parque vehicular nacional, con más de 3.2 millones de unidades circulando, muchas veces en un vacío legal y operativo. Mientras este caos impera aquí, otros países han demostrado que la formalización es posible:
- Ruanda: Ha
logrado un control total mediante registros estrictos, el uso de chalecos
numerados y taxímetros digitales para
estandarizar el servicio.
- Tailandia: En
ciudades como Bangkok, los mototaxis operan desde paradas oficiales
identificadas como "Wins",
con tarifas fijas y conductores con licencias especiales.
- Brasil:
Reconoció el "mototaxismo" como profesión legal, exigiendo
cursos de formación y equipamiento de seguridad obligatorio.
Más allá de la movilidad, los motoristas son
también una masa votante que los políticos no pueden ignorar. Su capacidad de
presión y su visibilidad en cada esquina los convierten en un bloque social con
un peso electoral decisivo. Esta "fuerza de choque" electoral suele
ser la razón por la cual la aplicación de la Ley 63-17 se flexibiliza
frente a ellos, priorizando el favor político sobre el orden público.
El motorista encarna la precariedad laboral y la capacidad de sobrevivir en un entorno adverso. Su figura es símbolo de la informalidad, pero también de la resiliencia popular. Sin embargo, esta resiliencia tiene un costo humano alarmante.
Las estadísticas del COE los incluyen como protagonistas en accidentes y emergencias. El reportaje de El Día destaca que el 70% de las muertes por accidentes de tránsito en el país involucran motocicletas. Cualquier intento de regulación, como el de los cascos certificados, suele chocar con la realidad social y cultural de la calle.
La urgencia del motorista
En las calles de Santo Domingo, la bocina de un
motor ha terminado por convertirse en el verdadero sonido de la urgencia. Más
estridente que la sirena institucional del 911, su eco cotidiano impone un
ritmo propio a la ciudad, reclamando paso y atención con la autoridad de lo
inmediato.
Mientras la sirena representa el orden y la respuesta organizada del Estado, la bocina del motorista encarna la improvisación popular, la necesidad que no espera protocolos. Es el lenguaje de la calle, un poder fáctico que desplaza símbolos oficiales y recuerda que la urgencia del pueblo se escucha más alto que cualquier sirena.
El motorista es más que un individuo en dos ruedas:
es un símbolo de ciudadanía, de improvisación y de poder popular. Su figura
revela las tensiones entre institucionalidad y realidad social, entre orden y
caos, entre protocolo y urgencia. En definitiva, los motoristas son un espejo
de la cultura política dominicana, un poder fáctico que seguirá marcando el
pulso de la ciudad mientras el Estado no decida transformar al
"chiripero" en un operador de transporte con derechos y deberes
claros.


Excelente hno
ResponderBorrarMi hno Julio eso es un Problema porque los Políticos buscan votos y ellos son Demasiado
ResponderBorrarAunque es verdad que cubren un espacio donde no se atreven o donde no llegan otros medios de transporte formales, es prioritaria su regularización y educación vial.
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