domingo, 18 de enero de 2026

🛵 El Nacimiento de un Poder Fáctico (2000-2025)

 


Por: Julio González

Un Viandante

Si usted vive en la República Dominicana, usted no transita por las calles; usted sobrevive a un ecosistema de acero, imprudencia y supervivencia. En los últimos 25 años, mientras el discurso oficial nos vendía el "Nueva York chiquito" y metros de última generación, en las entrañas de nuestros barrios se gestaba el verdadero dueño del asfalto: el motoconcho.

Lo que a finales de los '90 era una solución periférica para "subir la loma" o entrar al callejón donde la guagua no cabía, hoy se ha convertido en una dictadura del manubrio. No fue un accidente. Fue el resultado de un cálculo político y una ausencia estatal que hoy nos pasa factura a todos.

 La tormenta perfecta: Motores baratos y falta de Estado

A principios de los 2000, la apertura de mercados trajo consigo la invasión de motocicletas de bajo costo, principalmente de fabricación asiática. De repente, cualquier dominicano con un "adelantico" y una cédula podía ser dueño de su propia unidad de transporte.

 Ante un sistema de transporte público caótico, corrupto y deficiente, el ciudadano encontró en el motor su libertad económica, y el político encontró su válvula de escape. ¿Para qué invertir en un sistema de transporte nacional robusto si la gente se está resolviendo sola en dos ruedas? El Estado se ahorró la inversión, pero nos legó el caos.

 De "chiripero" a ejército electoral

 En este cuarto de siglo, el motoconchista dejó de ser un individuo aislado para convertirse en una estructura. Las paradas de motores se transformaron en pequeñas células de poder territorial.

 Hoy, el motoconcho es la columna vertebral de la movilidad en el país, pero también es el termómetro del barrio. Los gobiernos sucesivos entendieron rápidamente que regularlos era un suicidio político. Es más fácil —y barato— dejarlos violar la ley a cambio de su lealtad, que intentar formalizarlos y exigirles orden.

 El mito del "progreso"

 Miramos los elevados y los túneles con orgullo, pero debajo de ellos, millones de dominicanos se desplazan en condiciones de vulnerabilidad total. Hemos normalizado que la principal vía de transporte de nuestra fuerza laboral sea la más peligrosa, la más informal y la más ruidosa.

 En esta serie editorial, vamos a diseccionar cómo este sector pasó de ser una necesidad social a un comodín electoral que hoy tiene de rodillas a la institucionalidad vial del país. Porque, seamos honestos: en la República Dominicana, el semáforo en rojo es solo una sugerencia si usted tiene un motor y el carnet de un sindicato en el bolsillo.

 ¿Cuándo fue la última vez que viste a un agente de tránsito fiscalizar de verdad a un motoconchista? Cuéntame tu experiencia en los comentarios.

 

 


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