Por:
Julio González
Un
Viandante
Si
usted vive en la República Dominicana, usted no transita por las calles; usted
sobrevive a un ecosistema de acero, imprudencia y supervivencia. En los últimos
25 años, mientras el discurso oficial nos vendía el "Nueva York
chiquito" y metros de última generación, en las entrañas de nuestros
barrios se gestaba el verdadero dueño del asfalto: el motoconcho.
Lo
que a finales de los '90 era una solución periférica para "subir la
loma" o entrar al callejón donde la guagua no cabía, hoy se ha convertido
en una dictadura del manubrio. No fue un accidente. Fue el resultado de
un cálculo político y una ausencia estatal que hoy nos pasa factura a todos.
La
tormenta perfecta: Motores baratos y falta de Estado
A
principios de los 2000, la apertura de mercados trajo consigo la invasión de
motocicletas de bajo costo, principalmente de fabricación asiática. De repente,
cualquier dominicano con un "adelantico" y una cédula podía ser dueño
de su propia unidad de transporte.
Ante
un sistema de transporte público caótico, corrupto y deficiente, el ciudadano
encontró en el motor su libertad económica, y el político encontró su válvula
de escape. ¿Para qué invertir en un sistema de transporte nacional robusto
si la gente se está resolviendo sola en dos ruedas? El Estado se ahorró la
inversión, pero nos legó el caos.
De
"chiripero" a ejército electoral
En
este cuarto de siglo, el motoconchista dejó de ser un individuo aislado para
convertirse en una estructura. Las paradas de motores se transformaron
en pequeñas células de poder territorial.
Hoy,
el motoconcho es la columna vertebral de la movilidad en el país, pero también
es el termómetro del barrio. Los gobiernos sucesivos entendieron rápidamente
que regularlos era un suicidio político. Es más fácil —y barato— dejarlos
violar la ley a cambio de su lealtad, que intentar formalizarlos y exigirles
orden.
El
mito del "progreso"
Miramos
los elevados y los túneles con orgullo, pero debajo de ellos, millones de
dominicanos se desplazan en condiciones de vulnerabilidad total. Hemos
normalizado que la principal vía de transporte de nuestra fuerza laboral sea la
más peligrosa, la más informal y la más ruidosa.
En
esta serie editorial, vamos a diseccionar cómo este sector pasó de ser una
necesidad social a un comodín electoral que hoy tiene de rodillas a la
institucionalidad vial del país. Porque, seamos honestos: en la República
Dominicana, el semáforo en rojo es solo una sugerencia si usted tiene un motor
y el carnet de un sindicato en el bolsillo.
¿Cuándo fue la
última vez que viste a un agente de tránsito fiscalizar de verdad a un
motoconchista? Cuéntame tu experiencia en los comentarios.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario