Por Julio González
Un Viandante
La política dominicana ha
desarrollado una arquitectura informal que trasciende los ciclos electorales.
Desde los gobiernos del Dr. Joaquín Balaguer hasta la actual administración del
Partido Revolucionario Moderno (PRM), se ha consolidado un modelo de
cartelización institucional, donde estructuras no electas —como MYPIMES
electorales, fundaciones y movimientos comunitarios— negocian cargos, contratos
y visibilidad a cambio de adhesión coyuntural. Estas estructuras no compiten en
las urnas, pero ocupan espacios estatales con cada cambio de gobierno. Son los
dirigentes reciclados, los “perennes” del tren gubernamental.
La cartelización política
convierte al Estado en un espacio de reparto entre microestructuras
territoriales que operan como franquicias partidarias. No responden a procesos
democráticos ni tienen legitimación ciudadana, pero sí ofrecen utilidad
política a los partidos mayoritarios. Estas estructuras se activan en campañas,
se formalizan como MYPIMES, y luego se insertan en el aparato estatal como
proveedores, asesores o enlaces comunitarios. Su permanencia no depende del
voto, sino de su capacidad de adaptación al poder.
El vínculo con los fondos
públicos es clave para entender esta dinámica. La Junta Central Electoral (JCE)
ha distribuido miles de millones de pesos a los partidos políticos. En 2024, el
monto ascendió a RD$2,520 millones, mientras que en 2025 se asignaron RD$1,500
millones, con RD$400 millones para cada partido mayoritario. Una parte
significativa de estos recursos termina canalizada a través de MYPIMES
electorales, muchas creadas exclusivamente para justificar gastos en campañas.
Estas estructuras permiten que los fondos públicos se distribuyan sin
trazabilidad clara, mediante facturación de servicios ficticios, contratos de
asesoría y logística electoral.
La presencia territorial de
estas estructuras es nacional. En el Cibao, operan como bisagras entre
liderazgos comunitarios y estructuras centrales. En el Sur profundo, se
vinculan a trayectorias religiosas, militares y comunitarias. En el Este, se
activan como plataformas de movilización turística y logística electoral. En
todos los casos, se adaptan al partido en el poder, manteniendo su
funcionalidad simbólica y operativa.

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