jueves, 19 de junio de 2025

 LA MÍA, CAROLINA

Por Julio González

Un Viandante

Tras las elecciones presidenciales de mayo de 2024, que reafirmaron el liderazgo del presidente Luis Abinader y del Partido Revolucionario Moderno (PRM), el mandatario convocó a los dirigentes con aspiraciones presidenciales dentro del partido, con miras al proceso electoral del año 2028. Lo discutido en esa reunión ha ido filtrándose lentamente al público, y cada participante sostiene su propia versión de lo acontecido.

Lo cierto es que existen, dentro del PRM, proyectos más o menos visibles que promueven las aspiraciones —legítimas, aunque quizás prematuras— de quienes se consideran con las condiciones necesarias para suceder al presidente en el ejercicio del poder.

El panorama político del 2028 será sin duda más competitivo que el pasado torneo electoral. Por ello, esta coyuntura exige que la Dirección del PRM, así como los compañeros que desean seguir contribuyendo a la obra de gobierno de Abinader, actúen con sensatez al momento de elegir a su candidato o candidata presidencial en un proceso convencional extraordinario.

Y es en ese marco que este viandante se cuestiona:

Si ya algunas municipalidades y provincias cambiaron el rumbo de la historia al elegir a mujeres como alcaldesas y senadoras, ¿podrá la Dirección del PRM encauzar la voluntad de sus miles de electores hacia una opción igualmente transformadora? ¿Podrá elegir, para la presidencia del país, a una mujer joven, preparada, forjada en el liderazgo cercano y solidario con los más necesitados, que además pertenece a una estirpe de servicio público y ha acumulado una hoja de vida consistente, tanto en lo privado como en lo público?

Una mujer que ha sabido ejercer la alcaldía de la principal plaza política del país durante dos períodos consecutivos, con resultados palpables y una gestión cercana. Una mujer que ya no es promesa, sino testimonio de capacidad, temple y vocación. Una figura cuya ascendencia presidencial no le ha bastado por sí sola: se ha ganado el respeto a pulso.

Esa mujer existe. Se llama Carolina Mejía Gómez.

La historia nos ha dado pistas: cuando el momento llama a las puertas del cambio, hay nombres que resuenan con fuerza propia. Y si en el 2028 el país está listo para escuchar una voz distinta —firme, serena y decidida— quizás no haya que buscar más allá de la acera principal del Distrito Nacional.

Porque, al final, la política también se construye con símbolos. Y el de una mujer liderando la nación no sería un experimento: sería una conquista. Yo, desde esta orilla reflexiva, ya lo tengo claro.

La mía es Carolina.

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