Por Julio González / Un Viandante
En la entrega anterior, vimos cómo el “desarme
psíquico” —esa renuncia a la conciencia crítica— no nació en 1994, sino que
allí se reveló con crudeza. Lo que comenzó como un gesto de prudencia para
evitar la violencia, terminó abriendo la puerta a un fenómeno aún más
corrosivo: la ritualización de la política.
Los
símbolos de la claudicación
El desarme no es solo una idea abstracta; se
manifiesta en símbolos concretos que han moldeado la cultura partidaria actual:
- La plegaria ritual: Lo
que en su origen fue un bálsamo, pronto se transformó en rutina
obligatoria. Hoy, cada reunión o acto político inicia con una invocación
que, lejos de fortalecer, funciona como un sello de resignación. La
militancia ha dejado de ser una voz crítica para convertirse en un coro
obediente.
- El sermón político: Los
dirigentes formados en la estrategia y la confrontación de ideas han sido
desplazados por predicadores que, bajo el manto de lo divino, ofrecen
homilías en lugar de análisis. El discurso ha perdido su “filo”
revolucionario para volverse una prédica de sumisión.
- La liturgia partidaria: Los
actos políticos se han transformado en ceremonias solemnes de oraciones y
alabanzas. El partido ha dejado de ser un espacio de lucha para
convertirse en un templo, y la política en una liturgia donde el fragor de
la combatividad se apaga en la solemnidad de la plegaria.
El costo de
la fe ciega
Este desplazamiento del liderazgo —de la
estrategia al sermón— tiene consecuencias profundas. Cuando un partido
sustituye la crítica interna por rituales, se convierte en un cascarón vacío.
La militancia deja de ser un motor de cambio para transformarse en una
feligresía obediente, incapaz de responder a las demandas reales del pueblo.
El verdadero peligro de esta claudicación
simbólica es que neutraliza la capacidad de protesta y propuesta,
convirtiendo la convicción política en una mera formalidad religiosa. Lo que en
1994 fue un gesto de prudencia se institucionalizó como hábito, y ese hábito
terminó por desarmar la conciencia crítica, preparando el terreno para la
desesperanza aprendida.

Hno Julio si protesta eres un problema
ResponderBorrarBuenos días, compadre tiene razón, pero le faltó agregar que los dirigentes que dependen de la jerarquía de poder , se hacen dependiente de ellos, convierten las cosas malas en buenas y viven un sueño ficticio que no ven nada, todo está bien.
ResponderBorrarGracias por compartir.
ResponderBorrarTu artículo tiene masas y mucha madera.
Debe también continuar publicando en las demás redes.