domingo, 19 de octubre de 2025

🏍️ El motoconcho como síntoma: movilidad, pobreza y abandono estatal

 

🏍️ El motoconcho como síntoma: movilidad, pobreza y abandono estatal

Por Julio González
Un Viandante        


                                            Imágen generada con IA
        

En el debate público sobre el motoconcho, suele hablarse de caos, inseguridad y desorden. Pero rara vez se aborda lo esencial: el motoconcho no es la causa del problema, sino su síntoma. Es la respuesta espontánea —y muchas veces desesperada— de una población históricamente excluida de un sistema de transporte digno, accesible y planificado.

En barrios marginados, zonas rurales y periferias urbanas, el motoconcho es más que un medio de transporte: es una red de subsistencia. Su existencia revela la ausencia del Estado en la planificación territorial, en la inversión en transporte público y en la garantía de derechos básicos como la movilidad segura. Donde no hay rutas de autobuses, donde las aceras son intransitables y donde el metro ni los teleféricos llegan, aparece el motorista como única opción.

Pero esta solución informal tiene un costo alto: vidas perdidas, accidentes diarios, inseguridad ciudadana y una economía paralela sin regulación ni protección. El motoconcho es, en esencia, la institucionalización del abandono.

La respuesta estatal ha sido ambigua: por un lado, se tolera su existencia; por otro, se criminaliza su práctica. No hay una política pública clara que reconozca su rol, que lo regule con justicia o que lo integre a un sistema de movilidad más amplio. Tampoco hay voluntad de invertir en transporte colectivo eficiente, accesible y descentralizado.

La movilidad no puede seguir siendo un privilegio de quienes viven en el centro o pueden pagar un vehículo privado. Debe ser un derecho garantizado por el Estado, con políticas que reduzcan la dependencia de soluciones informales y que dignifiquen a quienes hoy sostienen, con riesgo y precariedad, el desplazamiento de millones.

Reformar el sistema de transporte no es solo una cuestión técnica: es un acto de justicia social. Porque mientras el motoconcho siga siendo la única opción para los más pobres, seguirá siendo también el espejo más crudo de nuestra desigualdad.

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