Democracia subsidiada, ética comprometida
Por Julio González
Un Viandante
En medio de una crisis estructural que afecta el acceso al agua potable, la calidad del transporte público y la cobertura en salud, el Estado dominicano ha destinado más de RD$23,333 millones a los partidos políticos entre 2012 y 2025. Este financiamiento, amparado por la Ley 20-23 y la Ley 33-18, se presenta como un mecanismo de fortalecimiento democrático. Sin embargo, su legitimidad ética está en entredicho.
La legalidad del financiamiento no garantiza su legitimidad. A pesar de
recibir recursos públicos, los partidos siguen permeados por figuras que, según
el imaginario colectivo, están vinculadas al narcotráfico, los juegos de azar y
otras actividades non sanctas. Esta convivencia entre lo legal y lo ilegítimo
erosiona la confianza ciudadana y plantea una pregunta incómoda: ¿Qué tipo de
democracia estamos financiando?
Los partidos políticos dominicanos gozan de un blindaje presupuestario
sin una auditoría pública accesible ni mecanismos efectivos de rendición de
cuentas. La opacidad en el uso de los fondos, sumada a la presencia de actores
cuestionables, convierte el financiamiento estatal en una herramienta que puede
legitimar estructuras paralelas de poder. En lugar de fortalecer la
institucionalidad, corre el riesgo de consolidar redes clientelares y prácticas
antidemocráticas.
Este modelo de financiamiento público fue impulsado por el Dr. José
Francisco Peña Gómez, líder histórico del pueblo dominicano, con una visión profundamente
democrática. Peña Gómez concebía la participación ciudadana como piedra angular
de la institucionalidad, y entendía el subsidio estatal como una forma de
garantizar pluralismo, equidad y transparencia en la competencia política. Hoy,
sin embargo, el sistema parece haber olvidado ese sentir: se ha degradado en su
práctica, alejándose de los principios éticos que lo originaron.
La democracia no puede medirse por el dinero que reciben los partidos,
sino por la calidad de sus representantes y la coherencia entre sus discursos y
sus prácticas. Es urgente vincular el financiamiento público a indicadores
éticos, establecer auditorías ciudadanas y reformular el relato democrático. La
ciudadanía debe tener acceso a plataformas que visualicen el uso de los fondos,
los perfiles de los dirigentes beneficiados y los vínculos institucionales que
sostienen su presencia.
Además, se propone la construcción de mapas simbólicos que distingan
entre zonas de representación legítima y zonas capturadas por intereses oscuros.
Esta cartografía permitiría a la ciudadanía visualizar dónde se juega realmente
la democracia y exigir una reconfiguración ética del sistema político.
En tiempos de escasez, cada peso cuenta. Pero también cada rostro que lo
administra. El financiamiento público a los partidos debe ser una herramienta
de fortalecimiento institucional, no un botín legalizado que perpetúe la
impunidad y la captura simbólica del Estado.

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