Por Julio González / Un Viandante
En la mitología, Narciso se enamoró de su
propio reflejo en el agua. Fascinado por su imagen, olvidó el mundo que lo
rodeaba y terminó consumido por su propia vanidad.
Hoy, muchos liderazgos políticos parecen
atrapados en ese mismo espejo. La dirección partidaria se contempla a sí misma
con orgullo, repite sus logros como un eco interminable y se convence de que la
ciudadanía comparte esa fascinación. Pero el reflejo es engañoso: mientras el
poder se enamora de su propia imagen, la sociedad observa con creciente
distancia y desencanto.
El espejo
institucional
El espejo del liderazgo no es de agua, sino de
discursos y ceremonias. Se construye con aplausos dirigidos, con encuestas
complacientes y con narrativas que exaltan la figura del dirigente. El riesgo
es que el partido se convierta en un círculo cerrado, donde la única realidad
válida es la que devuelve el espejo.
La pérdida
de contacto con la ciudadanía
Cuando el liderazgo se enamora de sí mismo,
pierde la capacidad de escuchar. La dirección media, los militantes y los
ciudadanos quedan relegados a espectadores de un espectáculo narcisista. La
política deja de ser diálogo y se convierte en monólogo.
La
convención como espejo mayor
En las convenciones internas, el narcisismo se
amplifica: se exhibe la unidad como reflejo perfecto, se proclama la fortaleza
como imagen inquebrantable, y se ocultan las fisuras detrás de un cristal
pulido. Pero la ciudadanía no se deja engañar: sabe que el espejo no refleja la
diversidad, sino que la oculta.
Romper el
espejo
El desafío no es conservar el reflejo, sino
romper el espejo. La verdadera renovación política exige que el liderazgo deje
de contemplarse a sí mismo y vuelva a mirar hacia afuera, hacia la pluralidad
de voces que esperan ser escuchadas. Solo así la política recupera su sentido
original: ser puente entre la diversidad ciudadana y la acción transformadora.
Conclusión
El síndrome de Narciso amenaza con convertir
la política en un ritual de autocontemplación. Superarlo implica reconocer que
el reflejo no basta, que la legitimidad no se construye en el espejo, sino en
el contacto vivo con la ciudadanía. El liderazgo que se atreva a romper el
espejo será el que devuelva a la política su fuerza creadora.

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